Después de un tiempo, Eva tuvo dos pequeños bebés. Uno se llamaba Caín y el otro Abel. Caín era un niño fuerte y le encantaba trabajar en la tierra. Plantaba semillas y cuidaba de las frutas y verduras. Abel, su hermano, era un niño tierno que amaba a los animales. Tenía un rebaño de ovejas y siempre jugaba con ellas.
Un día, Caín y Abel decidieron hacer un regalo especial para Dios. Caín recogió las frutas más bonitas de su granja y las llevó con mucho esfuerzo. Abel, por su parte, eligió al corderito más lindo de su rebaño y lo llevó como regalo.
Cuando llegaron ante Dios, algo extraño sucedió. Dios sonrió felizmente al ver el regalo de Abel, pero no sonrió igual al ver las frutas de Caín. Esto hizo que Caín se sintiera muy triste y enojado.
Dios se acercó a Caín y le dijo: "No te enojes, querido Caín. A veces, nuestros corazones pueden hacernos sentir mal. Cuida tus sentimientos". Pero Caín no escuchó y siguió sintiéndose molesto.
Un día, mientras estaban en el campo, Caín hizo algo muy triste y lastimó múy fuerte a su hermano Abel. Cuando Dios se dio cuenta, le preguntó a Caín: "¿Dónde está tu hermano?". Caín, con voz baja, respondió: "No lo sé, ¿debo cuidar de él?".
Dios, con mucha tristeza, le dijo: "Escucha, Caín. Lo que hiciste es muy grave. Siempre recordarás a tu hermano". Y así, Caín tuvo que alejarse de Dios y vivir en un lugar solitario.
A pesar de todo, la historia de Caín y Abel nos enseña que debemos cuidar a nuestros hermanos y amigos, y siempre tratar de hacer lo correcto con amor en nuestros corazones.
Y así termina nuestra historia en el jardín de los hermanos, donde el amor siempre debe ser más grande que la tristeza.
Fin.
Génesis 3:23–4:16
