“¡Hola, Abraham!” dijo Dios con una voz suave como el viento. “No tengas miedo, yo te cuidaré siempre y te daré un gran regalo”.
Abraham miró hacia arriba y vio un cielo lleno de estrellas. “Pero, Señor”, dijo preocupado, “soy muy viejo y no tengo hijos. ¿Quién recibirá ese regalo?”
Dios sonrió y llevó a Abraham afuera de su casa. “Mira las estrellas”, le dijo. “Intenta contarlas. ¡Son tantas que no puedes! Te prometo que tendrás más hijos, nietos y bisnietos que todas estas estrellas brillantes”.
Abraham miró asombrado. ¡Era un montón de estrellas! Se imaginó a muchos niños corriendo y jugando, llenando su hogar de risas.
“¿De verdad, Señor?” preguntó Abraham con una gran sonrisa en su rostro.
“Sí, de verdad”, respondió Dios. “Y esta tierra hermosa que ves, llamada Canaán, será de ellos”.
Abraham se sintió muy feliz y su corazón se llenó de alegría. Él creyó en la promesa de Dios porque sabía que Dios siempre cumple lo que dice.
Desde esa noche, Abraham miraba las estrellas y sonreía, pensando en todos los hijos que tendría. Y así, Abraham se convirtió en un hombre muy especial, porque creyó en el gran sueño que Dios tenía para él.
Y cada vez que miramos al cielo estrellado, podemos recordar la hermosa promesa que Dios hizo a Abraham: ¡las estrellas son un recordatorio de que los sueños pueden hacerse realidad!
Fin 🌟
