En una tierra antigua, vivía un joven llamado José. Su padre, Jacob, lo amaba muchísimo y le regaló una túnica de colores brillantes. ¡Era tan hermosa! Pero esto hizo que los diez hermanos mayores de José sintieran una envidia punzante.
Un día, José compartió dos sueños. En el primero, los haces de trigo de sus hermanos se inclinaban ante el suyo. En el segundo, el sol, la luna y once estrellas se inclinaban ante él. Sus hermanos, especialmente Zev, se enfurecieron. "¿Crees que vamos a arrodillarnos ante ti?", se burlaron.
Los hermanos, llenos de celos, planearon deshacerse de él. Lo agarraron, le quitaron su túnica especial y lo arrojaron a un pozo seco. Luego, lo vendieron a unos mercaderes que se dirigían a Egipto. José sintió miedo, pero se dijo: "Debo ser fuerte. Debo perseverar".
En Egipto, José trabajó duro. Pero la vida no fue fácil. Fue acusado injustamente y terminó en la prisión real. Estuvo encarcelado por mucho, mucho tiempo. Aun así, José mantuvo su fe. Ayudó a otros prisioneros, siempre con bondad.
Gracias a su fe y sabiduría, José pudo interpretar los difíciles sueños del Faraón: Siete años de mucha comida, seguidos de siete años de gran hambre. ¡El Faraón quedó impresionado! Vio la sabiduría de Dios en José.
El Faraón nombró a José gobernador de todo Egipto. Su perseverancia lo había llevado de la prisión al palacio. José almacenó comida para los años de escasez, salvando a Egipto del hambre que venía sobre toda la tierra.
Cuando la gran hambruna llegó, gente de muchos países viajó a Egipto para comprar comida. Y un día, ¿quién apareció? ¡Sus diez hermanos! Ellos no reconocieron al poderoso gobernador que tenían enfrente. Se inclinaron, justo como José había soñado hacía tantos años.
José, viéndolos, sintió un nudo en la garganta. Podría haberse vengado, pero recordó su fe y el valor del perdón. Con el corazón lleno de amor, reveló su identidad: "¡Soy José, vuestro hermano!" Los hermanos se quedaron congelados de miedo.
José les habló suavemente: "No temáis. Vosotros pensasteis hacerme mal, pero Dios lo usó para un bien mayor. Él me envió aquí para salvar vidas. ¡Por favor, no se sientan culpables!" Les mostró que el perdón es más fuerte que cualquier rencor.
FIN









