Hace mucho tiempo, en una tierra lejana, vivía un niño muy especial llamado Ismael con su querida mamá, Hagar. Un día, con los primeros rayos del sol, era hora de comenzar una gran aventura. Hagar e Ismael se despidieron de la casa de Abraham para ir a un lugar nuevo y emocionante. Abraham les dio un poco de pan y un recipiente con agua para su largo camino.
Caminaron y caminaron bajo un sol muy, muy caliente. El desierto se extendía a su alrededor, vasto y dorado. Ismael miraba las dunas de arena, imaginando que eran montañas de azúcar. Pero el sol seguía quemando y el camino se hacía más largo con cada paso.
El miedo comenzó a crecer en el corazón de Hagar. No quería que su pequeño Ismael se enfermara o se perdiera en el vasto desierto. Con el corazón pesado, se sentó en la arena caliente, y las lágrimas comenzaron a caer por sus mejillas. Estaba muy triste y asustada.
Ismael, al ver a su mamá tan triste, también sintió una punzada de dolor en su propio corazón. Se acercó a ella, con sus ojos grandes y llenos de preocupación. Quería consolarla, pero no sabía cómo. Solo podía mirarla con tristeza.
De repente, ¡una voz fuerte y dulce habló desde el cielo! Era un ángel de Dios. La voz resonó en el silencio del desierto, llenando el aire de esperanza. Hagar levantó la cabeza, sorprendida y con un rayo de esperanza en sus ojos.
Y justo después de escuchar esas palabras llenas de esperanza, ¡Dios les mostró un milagro! Delante de ellos, apareció un pozo de agua fresca y cristalina. Hagar e Ismael corrieron hacia él, llenos de alegría, y bebieron hasta saciar su sed. ¡Qué refrescante!
Con el tiempo, Ismael creció fuerte y valiente en el desierto. Aprendió a vivir en ese lugar, a encontrar comida y a cazar para él y su mamá. Se hizo muy bueno explorando y conociendo todos los secretos del desierto.
FIN








